miércoles, 9 de marzo de 2011

Nunca taxi

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La Historia no siempre es un estanque donde sentarnos a ver lo mejor de nuestra juventud mientras los nenúfares cubren los chancros de lo que quisimos ser. A veces se pierde toda la nostalgia y arremeten los tiempos donde hay que dejar de esperar que algo nos sea develado. Así son los tiempos reales de la ciudadanía real, tiempos de una impaciencia justa, de una inquitud que hace arder, de ir a buscar a cara de perro.Y ahora estamos ahí, justo a la puerta de lo mejor de nuestras últimas décadas.
Quizás este año sea en el que la épica del 83 se baje del caballo y nos lave los pies. Quizás sean los días, las semanas y los meses que definan que, con imperfecciones y por fin, estamos en democracia. Y la Historia por ahí no se repita como farsa, sino como confirmación de que la institucionalidad es hija del Tiempo y de hombres algo grises. Aunque nos cueste.
2011. Un año electoral, lo mejor de aquella vieja primavera que significó ver urnas de nuevo en las escuelas, aunque a la mañana siguiente fueran a desinfectarlas con gamexane. Porque volvemos a poder votar no por lo menos malo, sino por lo que se percibe como proyecto. Porque subjetivamente vamos a regresar al acto llano de la elección y colectivamente eso puede implicar una posición respecto a una idea de sociedad. Es la víspera de algo así como la reactualización del Nunca Más, pero puertas adentro de la democracia.
Por primera vez en la historia de la última democracia vamos a elegir, dado que no venimos del derrumbe de un plan económico, ni nos desvela el tipo de cambio. No vamos a buscar un milagro y no vamos a temer. La caminata de mañana al comicio será después de una reflexión sobre otras conveniencias que excenden las urgencias de nuestro bolsillo, ante todo porque una de las posibilidades es darle el sí a un proyecto de país consolidado, en tanto la otra gira en torno a apropiarse de la baraja y dar de nuevo. Hay que estar ilusionados: vamos a elegir en serio. Los que voten con su corazoncito oficialista u opositor, los que voten con odio negro u odio blanco. Todos.
Oh, la polarización... esa cosa horrible en la que se convirtió la política para algunos. Habría que abrazar las eras donde todo parece explotar y explotar con ella. Los enfrentamientos son irredimiblemente nocivos cuando hay un empate hegemónico, pero cuando la balanza se inclina para no volver es cuando torea un cambio de paradigma y, por lo tanto, se puede hacer la Historia. Sí, la lucha de clases también puede ser un motor de rastrojero, la puja de entramados donde intervienen factores que impiden pensarla en estado puro, donde hay intereses específicos que ejercen presiones sobre núcleos duros. Es claro que ésta no es nuestra patria socialista, pero lo que estos años nos permitieron a todos, por primera vez en treinta y pico de años, fue subirnos al ring.
Un filósofo alemán llamó a esas instancias el "todavía no ser". El tipo se llamaba Bloch y vió cómo el nacional socialismo se estaba por llevar puesta a toda Europa. Bloch estaba obsesionado por esos años donde un país puede convertirse en todo o en nada. Ese era el tiempo de la utopía, decía -más o menos-. Pero, guarda. No la utopía en un sentido poético, sino en su sentido más literal, en esa idea de que hay otro lugar, un más allá realizable.
Hablar del amor, la fe y la esperanza puede ser ignominioso. Una porquería pura. Un asco, sobretodo si pensamos en política. Pero decir que estamos en ese momento utópico puede calzarnos bien.
Y es así porque los que van a definir estas elecciones y el país por venir (sí, las dos cosas juntas) no van a ser ni los cuadros, ni los compañeros de ruta, ni los oportunistas, ni mucho menos los obedientes que son, sin duda, el peor karma de este gobierno, ese efecto colateral de mitificar lo que tiene que ser el asfalto hacia delante de la política. Los triunfos reales no dependen únicamente de los porcentajes, sino de que la continuidad se defina desde afuera y sólo así sea continuidad.
Se viene la hora de aquellos que van a tener que despojarse de lo que consideran un ideario inviolable, que no es otra cosa que enfrentarse con el demonio con el que sueña la Clase Media Argentina, todas las noches, desde su creación: no llegar a ser Europa, nadar en lo imperfecto y la roña que todavía tiene serias posibilidades de no ser un fracaso. Ser, finalmente, este mundo de acá.